4/25/2016

Esteban
No es un filme de propósitos com­plejos este primer largometraje de Jo­nal Cosculluela pero, como re­co­men­daba el maestro Ingmar Berg­man, logra decir cosas importantes, dice lo suyo, desde la más absoluta simplicidad
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Imagen de la película. Foto: www.bohemia.cu
 
Poco antes de la mitad del metraje aparece una escena en Esteban —ópera prima de Jonal Cosc­u­llue­la— que inquieta por su recurrente mazazo melodramático dentro de una línea expositiva que ha venido fluyendo con gracia e imaginación. Pecado mortal sería contar esa escena en sus matices, pero baste mencionar que es aquella en que el maestro de música se encuentra con su hija y sale a relucir, en un intercambio de emotivas palabras, la causa de la separación de ambos.
 
Brusca y lastimosa caída en el abismo signada por la lágrima fácil, es lo primero que viene a la mente, y uno respira hondo para enfrentar la ola melodramática  que presiente le vendrá encima.
 
El melodrama es el género más representado en el cine desde que este abriera ventanas al mundo y muy ponto, gracias a su capacidad para conmover y hacer llorar con placer, se llenó de fórmulas repetidas hasta la saciedad, todavía en nuestros días.
 
Asumirlo es un reto por cuanto, de solo mencionar el género, no son pocos los que se atrincheran frente a lo que consideran un catálogo de fáciles recetas.
 
Y sin embargo, no faltan maestros —Lars Von Trier, Almodóvar, Kim Ki-duk— que aceptan el reto y con mayor, o menor renovación del género, salen airosos.
 
Ese es uno de los principales mé­ritos del filme del Jonal Cos­cu­lluela, asumir la categoría dramática tal cual y concluir su riesgoso tránsito con una calificación nada desdeñable.
 
A partir de la escena antes señalada, el director desborda (y justifica) en sentimientos encontrados lo que desde los inicios estaba planteado en los cánones del género: niño pobre, de nueve años, descubre un buen día la maravilla musical de un piano y a partir de entonces comienza a soñar con estudiar y convertirse en un mago de las teclas. Víctima de un divorcio y  con un padre tarambana, al regreso de la escuela el  sensible niño debe ayudar a su madre a vender lo que le caiga en mano para echar la vida hacia adelante. ¿Cómo conseguir los cincuenta pesos que le pide el amargado  maestro de piano por cada clase?
 
Como todo melodrama que se respete,  el filme hace de las inventivas del niño el necesario respiro a tanto drama. Y también es claro en sus intenciones: esta es una historia de aprendizaje  marcada por el amor, la amistad y la constancia ante las dificultades y no quiere subtramas ni personajes pintorescos que distraigan el recorrido de la flecha. Tiene un en­canto muy particular, y son las actuaciones, en especial las de sus tres protagonistas: Yuliet Cruz, que muy bien que se las arregla para no  ser la mis­ma madre de Conducta, Manuel Porto (el maestro de piano), grande como suele ser, y en especial el niño Reynaldo Guanche, lleno de matices para expresar sus diferentes estados anímicos sin necesidad de abrir la boca, como cuando sus compañeros de escuela lo descubren vendiendo en la calle y él se avergüenza.
 
Un “toque” especial eleva la ca­tegoría de Esteban: la música y el pia­no de Chucho Valdés, indispensables para recrear la sensible at­mósfera y el estrujamiento de corazones que busca la cinta y, jugando limpio, en buena medida obtiene.
 
No es un filme de propósitos com­plejos este primer largometraje de Jo­nal Cosculluela pero, como re­co­men­daba el maestro Ingmar Berg­man, logra decir cosas importantes, dice lo suyo, desde la más absoluta simplicidad.

Autor: Rolando Pérez Betancourt | internet@granma.cu
24 de abril de 2016 22:04:30


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